miércoles, mayo 06, 2009



Ensayo sobre la ceguera de la influenza porcina

Durante once días, los mexicanos han vivido una situación parecida a un toque de queda y a una película de ciencia ficción

SERGIO R. BLANCO - Ciudad de México - 06/05/2009


Llevo casi ocho años viviendo en México y soy mexicano por elección. Por nacimiento soy español. Enciendo (prendo) la televisión y observo el noticiero (o telediario) de la noche. Hace once días que yo, y todos los demás habitantes de esta caótica Ciudad de México, nos encontramos en una "contingencia sanitaria" que a momentos parece un toque de queda, y otros una película de ciencia ficción.

Soy profesor, periodista y escritor así que me ha tocado permanecer en casa de "vacaciones", dada la suspensión de clases. Yo y la masa de 20 millones de humanos que damos vida a la urbe hemos escuchado, cada nueva jornada, variadas informaciones y vacilaciones de cifras que nos han hecho perder la paciencia en más de una ocasión. Muertos y muertos, víctimas y víctimas, pero sin nombres ni rostros. Mucha incertidumbre, misma que engendra todo tipo de teorías conspiratorias.

Salir a la calle cada día con mascarilla, incluso para pasear a mi mascota Siena, y encontrarme con otros individuos también portadores (no de la gripe) de este "cubrebocas" blanco, o azul, o verde, no ha sido precisamente un deleite en estos días pasados, pero sí reconozco haber soltado una carcajada al ver en la televisión cómo varios soldados repartían mascarillas a doquier, pero, eso sí, sin usar guantes. En estos once días ha habido momentos en que me he indignado por ejemplo, por las medidas exageradas y oportunistas, a mi modo de ver, como el decreto presidencial que da permiso al gobierno de entrar en cualquier hogar e incluso de retener a cualquier persona sospechosa de tener influenza porcina, rebautizada como A (H1N1). Pero quizá me he sentido agredido al observar cómo varios turistas mexicanos fueron puestos en cuarentena en China por el simple hecho de tener un pasaporte verde con un águila posada en un nopal, cómo Argentina llamaba a México el "hermano enfermo".

Hoy, 6 de mayo, observo las noticias y es uno de esos días en que, una vez más, pienso cuánta razón tenía André Breton, cuando, al llegar a estas tierras para hospedarse en casa de Frida Kahlo y Diego Rivera, expresó sin dudarlo que México es el país surrealista por excelencia.

Pero, ¿por qué recordar al padre del surrealismo? A partir de hoy, volverán a abrir los restaurantes en esta capital, y entre las medidas casi dadaístas se encuentra una en particular: antes de entrar a comer, el posible comensal tendrá que ser sometido a una toma de temperatura con termómetro, y sólo será aceptado si no tiene fiebre. Una sonrisa recorre mi boca, pues no es la primera vez que experimento esta sensación de estar viendo una película de Luis Buñuel en vivo. Creo que la primera vez fue en 2001, cuando llegué a este país y me encontré en la aduana del aeropuerto con una señorita que me invitaba amablemente a oprimir un botón: si salía rojo, revisarían mi equipaje, si era verde, no lo harían. México es un país en el que uno nunca deja de sorprenderse, para bien y para mal.

Sin embargo, hoy es uno de esos días en que estoy seguro de que, pudiendo hacer lo contrario, sacaría mi pasaporte mexicano, y no el español, aunque estuviera en China, o en Singapur, y a sabiendas de ser posiblemente protagonista de un encierro también surrealista. La razón de mi indignación: la imagen de un camarero del aeropuerto de Barajas, un españolito jactándose ante las cámaras por haber introducido en lejía un vaso que había utilizado un cliente mexicano. Claro, él pensó que era mexicano, pero probablemente era venezolano, o argentino, o guatemalteco... ¿qué más da? A continuación, todavía viendo el noticiero nocturno, me quedo atónito ante un taxista ibérico -madrileño como yo- diciendo que se abstiene de aceptar a clientes mexicanos, "por si las moscas". No me equivocaría afirmando que seguramente algún familiar del inteligente chófer, que es más papista que el papa (pues España no ha suspendido ningún vuelo) llegó a México en los años 40, por cierto, uno de los pocos países que acogieron a los refugiados (muchos de ellos enfermos y hacinados) de los que hoy España se acuerda con la tardía Ley de la Memoria Histórica que, por cierto, sólo puede redimir a los hijos y los nietos, porque los verdaderos refugiados españoles ya se han muerto.

Ignaros e ignorantes prepotentes. De eso está el mundo lleno, pero uno se siente avergonzado cuando la ignorancia, madre de la xenofobia y el racismo, es expresada a los cuatro vientos por alguien que tiene mi mismo pasaporte rojo coronado por el escudo español. Claro, en el amor y en la guerra, todo se justifica para defenderse de la "gripe mexicana", como la han bautizado los alemanes. Ya nadie se acuerda de que el primer caso no fue en México. Nadie se acuerda, pero haciendo un esfuerzo, creo que no hace falta que digamos aquí que no fue en México donde surgió esta gripe que hoy enferma al mundo. Y los síntomas no son precisamente fiebre alta, tos y flujo nasal. El mundo se enferma de intolerancia. En este Ensayo sobre la ceguera de la influenza porcina, cualquier referencia a Saramago es únicamente fruto de la ficción hecha realidad.

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